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28 diciembre 2007

02 noviembre 2007

Creer queriendo

Dice un sociólogo en la radio que el 20% de españoles que sigue creyendo en la teoría de la conspiración lo seguirá haciendo, también los pregoneros, sus pregoneros, de mentiras cíclicas de posología diaria; no importa si es un confidente pagado al que ya nadie menciona; no importa si es una cinta de cassette de la Orquesta Mondragón que se rompió de tanto rebobinarla o si el argumento crece en la ausencia de una figura que no existe en el ordenamiento jurídico español y que muy probablemente se suicidó en Leganés, llevándose por delante la vida de la víctima 192. No importa dónde se apoye porque la verdad pretendida, que es la que se encuentra después de haber formado el argumento, crece en cualquier rincón, le basta con un poco de sombra, algo de humedad y una buena ración de estiércol.
Para creer no hacen falta certezas, sirve con la voluntad. Querer creer es más importante que poder, no hablemos ya del olvidado deber. No se cree lo probado si eso derrota el argumento. No se da el brazo a torcer aunque el pulso se haya perdido más de tres años antes; con la primera mentira. La ficción autogestionada, el embuste confortable, es un territorio al que la realidad no altera. Por eso, poco importan las investigaciones y casi nada la sentencia, aunque la sentencia sea la más seguida y quizá esperada de lo que llevamos de memoria. Poco importa porque los caminos divergieron entre las bombas y las urnas, cuando realidad y ficción se separaron; con ellas, los que quisimos creer a una y los que se obstinaron con la otra.
Los que creyeron en la conspiración no aguardaban esta sentencia para caerse del argumento, si acaso esperaban el texto para encontrar el resquicio por el que seguir huyendo, que es lo que se hace cuando se miente. Paranoicos, seguirán huyendo, ese 20%, sus voceros y sus titulares, con la única esperanza de no tener que reconocerse nunca a sí mismos la repugnancia moral de sus palabras, sus acciones y sus gestos, con la única esperanza de no ser nunca el rostro que su mentira evidenciada ha dejado al descubierto. Empezaron huyendo de la realidad y ahora huyen de sí mismos. Ha de ser triste no haber sabido comportarse con decencia en el momento en que este país más lo necesitaba, ahí vive el remordimiento.

12 octubre 2007

Los ojos del asesino*

Nos turba que el monstruo no lo sea siempre y que al asesino no se le note y que el torturador caiga de su atalaya de animal inexpugnable. Nos turba ver en los ojos del asesino un brillo liento que es un reflejo de los fluorescentes del techo, un brillo de conmoción o pregunta que es tan fácilmente trasladable a los ojos propios. Nos turban las cejas del torturador porque son las mismas cejas que tuvimos nosotros el primer día de párvulos a la puerta del colegio: cejas de incomprensión, de desamparo, de quien comienza a sospechar que no se va a despertar nunca de la pesadilla. “Era cierto, aquí acaba todo”, pensamos aquel día, con cuatro años, cuando vimos por primera vez la espalda de nuestra madre desaparecer tras una puerta. “Era cierto, aquí acaba todo”, pensó el asesino al conocer la sentencia, exactamente igual que nosotros cuando aún estábamos nuevos, sin arrepentimiento, ni culpa, ni mancha. Nos turba que la inocencia y la culpa puedan llevar las mismas cejas, los mismos ojos con el mismo brillo. Nos turba que ese brillo también nos pertenezca porque significa que el asesino es uno de los nuestros. Nos turba vernos en su desamparo porque podemos vernos también en su ira, en algún lugar que está detrás de sus ojos y de los nuestros; un lugar íntimo, o es oculto, o es silenciado e intentamos que sea ignorado o aun que deje de existir o que no haya existido nunca. Pero ahí está, el torturador, el asesino y el delator, detrás de nuestros ojos de niño de cuatro años a la puerta del colegio, silente como una metástasis que un día llega y mata.
*Christian Von Wernich secuestró, torturó y asesinó durante
la dictadura argentina, 1976-1983.
Es sacerdote. Más detalles…

18 agosto 2007

Los Junior

Son más fuertes, más rápidos y tienen menos riesgo de sufrir un colapso cardiovascular que yo. Antes eran más pequeños que yo. Fueron niños cuando yo era adolescente. Entonces yo era más rápido y más fuerte que ellos. Ahora ellos son los adolescentes y mi cuerpo ha empezado a envejecer (poco, tampoco quiero dramatizar), con timidez, avergonzándose. El otro día me dijeron que veo menos con el ojo derecho que con el izquierdo, que mi capacidad pulmonar es pobre y que tengo una protusión en el disco que hace que se me duerman los brazos y las piernas. Cuando esos adolescentes eran niños, veía con los dos ojos puntas de alfiler en una chatarrería, cruzaba buceando una piscina y el disco… qué diablos era entonces el disco. Hoy ellos son más fuertes, más rápidos y tienen menos riesgo que yo de sufrir una arritmia. Tienen los abdominales marcados y yo un vientre acomodado, su punto de agotamiento está alejado de la primera gota de sudor y el mío linda con la zona del cerebro que ordena acelerar el paso. Ellos son más jóvenes, más rápidos, más fuertes, más sanos y ven mejor que yo con el ojo derecho. Además, son la constatación de que ya nunca seré jugador de la selección española de baloncesto; como Contador, de mi edad, es la muestra de que nunca ganaré el Tour; como Casillas fue en su día la evidencia de que yo nunca jugaría en el Real Madrid; como la concesión del Nobel a algún coetáneo y compatriota dentro de cincuenta años vendrá a decirme que nunca escribí aquel libro. Envejecer, más que perder visión en un ojo o riego en los brazos, es ir descartando sueños. Los sueños de Tourmalet y cambio Pinarello y Claudio Chiapucci y Gianni Bugno y Tony Rominger a la espalda, con la lengua fuera, perdiendo minutos por el sumidero de la pájara viendo cómo se escapaba Javier Gómez, con siete años, dentro del maillot amarillo de Miguel Induráin, un sábado de julio, por la tarde, en bañador, volando con la imaginación en la etapa reina mientras en La Primera ponían anuncios. Entonces, los que hoy son más fuertes que yo, lactaban.

07 julio 2007

Después del becerro de oro

El Ministerio de Sanidad advierte sobre el peligro de las dietas milagro y su auge veraniego. Éste el documento más antiguo que he encontrado al respecto en la biblioteca de El Jardín:«Moisés nos ha roto el becerro en un ataque de cólera, creemos que había bebido. Bajó del monte con unas losas que pesaban más de treinta kilos empeñado en hacernos creer que eran tablas. Pura caliza. Estuvimos un rato sin saber qué hacer, aburridos. Moisés no, pero para él más fácil, conoce el mundo de las setas. «Podríamos adorar a los niños», dijo uno al que al instante metimos en la cárcel. «Yo adoraría a la lluvia», dijo mi señora. «Eso es de indios y somos el pueblo de Israel», contesté yo, un poco avergonzado por su salida. «Podríamos adorar a la arena del desierto», dijo el enterrador. Nos encogimos de hombros, la idea no gustaba pero había que adorar a algo. En ese momento, vimos una luz mil vez más clara que una zarza incombustible: era la hija del carnicero, que le estaba exprimiendo los últimos jugos a la adolescencia. «Brrruuuuuuu», murmuró alguien queriendo decir que adorásemos al cuerpo. «Maaaahdr ma», dijo otro manifestando su conformidad. Y aquellos senos pasaron, como el cóndor para Simon y Garfunkel. «Ooohhhh», dijimos con un resto de voz rota que se nos escapaba como hilillos de plastilina de nuestra garganta monocasco. «Iros al quinto pino», dijo mi mujer antes de marcharse presurosa a adorar a otros cuerpos con sus amigas. Y nos quedamos allí, fascinados ante el descubrimiento y los frutos del verano. Contentos porque habíamos encontrado una fe a la que apetecía abrazar. Mientras tanto, Moisés, allí cerca, en una loma, les decía a sus incondicionales comesetas que el día de las oposiciones del Juicio Final nosotros no sacaríamos plaza por haber pecado de pensamiento. Pasaron los meses, nosotros fuimos ganando adeptos, y él perdiéndolos, hasta que decidió poner de moda las dietas milagro. «Ya que no puedo acabar con el cuerpo, por lo menos lo vacío», se le oyó decir. Maldito drogadicto.

01 julio 2007

El Euribor y los sodomitas

Él: “Parece que tengo quince años y sólo tengo ocho. Es tocarme Trichet y me pongo como una mala bestia. Me crezco con sólo mirarme. Llámenlo ustedes egocentrismo si ése es su ánimo. Estoy a décimas de mi máximo histórico. Me quiero. Me amo. Tengo un idilio con los cuartillos que ni los farloperos del menudeo. Qué quieren, me pone ver la nuca de Europa, arrodillada ante mí, deglutiendo a este tipo cada día más duro: servidor.”
El intermediario: “Tienen
que comprenderle. Lo único que le mueve es el interés, y cada día lo tiene más alto. Mírenlo por el lado bueno, ya no puede subírsele mucho más el porcentaje. Que sí, que eso se lo llevamos diciendo una temporada, pero esta vez va casi en serio. Es Trichet, que lo tiene muy consentido, como es hijo de padres separados no sabe decirle que no, y lo que nos faltaba en Europa era un Euriborniñopera. No, por favor, no se den la vuelta, no es necesario, ya he visto muchos cuerpos en su situación. Parece mentira lo que dilata el ser humano, mucho más que las nóminas.”
Los sodomitas: “Aunque cobro poco, en mi empresa no me dejan tiempo libre, así que ahorro bastante. Por supuesto, pago el piso con dignidad. Es pequeño, pero tiene sus ventajas; ordenar la casa cada día se parece más a una partida de Tetris y mi mujer y yo estamos tan juntos que a veces hacemos el amor sin querer. El otro día nos encontramos en el pasillo, yo estaba haciendo maniobras para entrar en el salón y ella intentaba colocar un rollo de papel higiénico en el baño sin necesidad de desmontar el lavabo. No pudo. Ahora utilizamos confeti para limpiarnos, que se adapta mejor a los espacios pequeños. Por la calle reconocemos a nuestros iguales, caminamos como vaqueros. Dicen que es porque llevamos al Euribor muy dentro.”

25 junio 2007

El dinero es endogámico... y en eso consiste

Emilio Botín se queja de la sobrerregulación (para los no iniciados en macroeconomía, la sobrerregulación es una dolencia psicosomática que se pasa con carestía aplicada por vía tópica), mientras anuncia que este año su banco, el Santander, alcanzará los 10.000 millones en beneficios. Lo que supone un aumento superior al 30% sobre los resultados de 2006. Grande.
Al otro lado del monedero: España es el único país de la OCDE que ha perdido poder adquisitivo en los últimos años. En una década el sueldo real medio ha bajado un 4%.
La cosa es para preocuparse; si no nos suben los sueldos, no va a haber quien le pague los beneficios a Emilio Botín. Y entonces a ver a quién engañamos para que se queje de la sobrerregulación.

08 junio 2007

Él prefiere Ángela

Mi hijo es travesti y se cree Angela Merkel. Tiene siete años y mucha ilusión. En el colegio se meten con él. Creo que porque es democristiano, pero él no airea sus miserias en casa. Dice que prefiere no pensar en el colegio cuando tiene un rato para estar con la familia. Lo dice y se sienta en el borde del sofá, con las rodillas muy juntas, la espalda recta y las manos sobre el regazo, como si fuese la madre de todos nosotros. Entonces nos pregunta qué tal el día, si creemos que merece la pena llevar a puerto una reforma fiscal o si consideramos más ágil un sistema político centralista que federal. Y yo me encojo de hombros y le señalo el Scalextric, mientras las palabras se me caen directas del cerebro al suelo, sin pasar por la boca.Mi mujer dijo que esto se le pasaría, que sería una moda del colegio. Pero lleva así más de un año y medio y es el único niño de su clase que se viste como una mujer conservadora. Estos días anda liado, está preparando la cumbre del G-8. No para de hablar del cambio climático mientras se prueba maquillajes transparentes y barras de labios color labio. Está desconcertado. Ayer me preguntó si una falda le hacía ancho de caderas y al segundo se puso como una fiera diciendo que a Bush no le va a dejar pasar ni media. «¡Cualquier reducción conjunta de emisiones tiene que formar parte de un proceso de la ONU!», gritó mientras le cerraba la puerta. Soy cobarde y no me atreví a preguntarle por Putin. Lo he dejado ahí, en su cuarto, descolgando teléfonos, convencido de que en materia medioambiental no valen los pactos a medias. Creo que ha salido a su madre.